La vejez que estamos construyendo
Autoría: Melissa Isaaly Mendoza Bernabé
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Aprender a mirar y valorar la vejez es uno de nuestros grandes desafíos.
Hace un par de semanas, el Inegi publicó un dato que debería llamar nuestra atención: en 2025, el promedio de hijos por mujer en México cayó a 1.2, uno de los niveles más bajos registrados.
Más que una cifra aislada, este dato anuncia una transformación profunda en la estructura demográfica del país. México envejece con rapidez y, hacia 2050, la población adulta mayor podría superar los 33 millones de personas. Con esta información, la pregunta ya no es únicamente si estamos preparados para afrontar este cambio en términos económicos, sanitarios o institucionales, sino también si somos capaces de replantear la manera en que entendemos, valoramos y vivimos la vejez.
Estas cifras nos obligan a mirar el envejecimiento desde múltiples dimensiones: las políticas públicas, los sistemas de cuidados, la salud, la accesibilidad de las ciudades, las estrategias de retiro y las pensiones, por mencionar algunas. Pero quedarnos únicamente en esas respuestas sería insuficiente. El envejecimiento demográfico también nos interpela en un plano más profundo y quizá más difícil de transformar: el de nuestras ideas, valores y representaciones sobre la vejez. ¿Qué lugar le otorgamos socialmente?, ¿cómo miramos a quienes envejecen?, ¿qué valor damos a sus experiencias y saberes?, ¿cómo imaginamos, incluso, nuestro propio envejecimiento?
Durante décadas hemos construido una narrativa en la que envejecer aparece asociado casi exclusivamente con deterioro, pérdida, dependencia y declive. La juventud se presenta como plenitud; la vejez, como aquello que debemos retrasar, ocultar o combatir. No es casual que hablemos de productos “antiedad”, de “mantenerse joven” como elogio o de la jubilación como si significara retirarse también de la vida pública.
Detrás de estas ideas existe una sociedad que mide a las personas a partir de su capacidad de producir y consumir. Cuando el cuerpo deja de responder a esos parámetros, parece perder valor. Frente a ello necesitamos una postura humanista y una reflexividad activa que nos permita ser capaces de recordar algo elemental: la vejez no es el residuo de la vida; es vida.
Esto no significa romantizar el envejecimiento ni ignorar la enfermedad, la fragilidad o la dependencia. Cuidar la salud, construir sistemas de pensiones dignos y garantizar condiciones materiales suficientes es indispensable. También lo es reconocer que no todas las personas envejecen igual. El género, la condición económica, las trayectorias laborales, los cuidados, el territorio y el acceso a la salud producen vejeces profundamente desiguales.
Precisamente por ello necesitamos abandonar una mirada asistencialista que coloca a las personas mayores únicamente como receptoras de ayuda. El reto es avanzar hacia formas de participación y colaboración en las que la vejez tenga voz, agencia y capacidad de incidir en la vida comunitaria. Esto implica reconocer y valorar a las personas mayores como productoras de conocimiento, cultura, memoria y vínculos, y abrir espacios para que sus experiencias y saberes formen parte activa de la construcción de lo común.
Siendo este punto dónde encontramos uno de nuestros desafíos culturales más importantes. Necesitamos construir una contracultura del envejecimiento: reconocer el valor de la experiencia, de la memoria, de otros ritmos y de una relación con el tiempo menos subordinada a la velocidad y la productividad. El cambio puede comenzar con una pregunta incómoda y profundamente personal: ¿cómo miro yo la vejez? Ninguna política pública será suficiente mientras sigamos considerando que envejecer equivale a dejar de ser relevante.
México está envejeciendo y eso exige algo más que instituciones y recursos: exige transformar la manera en que entendemos la vejez. Si vamos a vivir más años, la pregunta es cómo queremos vivirlos. Envejecer debe significar seguir formando parte del mundo con dignidad, memoria, deseo y participación.