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San Bernardino Realino
Fiesta: 2 de julio
Niñez y juventud
Nace el 1 de diciembre de 1530 en Carpi, no lejos de Módena, en la Lombardia de Italia. Civilmente la ciudad pertenece al Ducado de Ferrara.
Su padre, don Francisco Realino, es un hombre importante. Casi siempre debe estar ausente de la patria por razones relacionadas con su cargo de caballerizo mayor de la corte de los Gonzaga.
El niño es bautizado en la fiesta de la Inmaculada Concepción. Se le imponen los nombres de Bernardino Luis. Luis, por el príncipe don Luis Gonzaga. Bernardino, en honor de San Bernardino de Siena quien una vez fue huésped de la familia de su madre.
La educación de Bernardino, por las ausencias del capitán Francisco, queda bajo la dirección de la madre, doña Isabel Bellintani, mujer de mucha virtud. El padre, por su oficio, debe viajar constantemente a la corte de Cosme de Médicis, duque de Florencia, a la de Manfredo, príncipe de Correggio y por cierto ocuparse de sus tareas en los dominios del príncipe Gonzaga. Doña Isabel da una formación muy cuidadosa, vigilante y también piadosa.
Los primeros estudios
Los primeros estudios, en latín y griego, Bernardino los hace en Carpi guiado por buenos maestros.
Los cursos de retórica y filosofía los sigue en la Universidad de Módena. Allí está dos años.
En Bolonia
En 1548 se traslada a Bolonia para terminar los estudios de la filosofía. Así se prepara mejor para la carrera de Medicina en la que pretende graduarse.
En noviembre de 1550 enferma gravemente su madre. Bernardino interrumpe los estudios para trasladarse a Carpi, a la casa paterna, para acompañarla en sus últimos momentos y consolar al padre.
La muerte de doña Isabel, el 24 de noviembre, es una prueba muy dura, porque ella había sido para él el ser más querido.
De regreso en Bolonia se enamora. Su corazón buscaba a una persona en la que pudiera volcar toda su afectividad. La joven Clara, culta y piadosa, le parece ser la mujer ideal para formar su propio hogar. De común acuerdo, decide dejar sus estudios de filosofía, aún no terminados para empezar los de abogacía.
En fin, el 3 de junio de 1556 se recibe, con alabanzas, de doctor en ambos Derechos, canónico y civil.
El magistrado
Como abogado interviene en diversos pleitos. En Ferrara defiende una causa ante el duque con bastante éxito y propone una buena y amigable conciliación. Esta al fin no se da y el árbitro señalado define la causa dando razón a la parte contraria. Bernardino echa en cara al jurista el procedimiento, por estar pactado el acuerdo amistoso. El árbitro contesta con insultos. Bernardino, herido en su honor, echa mano a su estoque y hiere a su adversario en la frente. Este proceder trae complicaciones. Por la ley no podrá ejercer en su tierra. Por lo demás, su proceder brusco y altanero será ocasión para arrepentirse en los días futuros.
Por influencias de su padre, don Francisco, obtiene entonces un cargo de magistrado en Felizzano, en el ducado de Milán. Allí se desempeña correctamente.
Al nombrar Felipe II al duque de Alba como gobernador de Mil n, Bernardino pierde sus patronos y por lo tanto el cargo de magistrado. En septiembre de 1557 escribe una carta suplicando al rey Felipe quedar bajo su protección.
No sabemos si esta carta llega a manos del rey. Pero poco después don Juan Figueroa Castellano lo destina como abogado fiscal para la ciudad de Alessandria. Es un cargo que dura dos años. Lo desempeña con buena satisfacción de todos.
Al regresar Bernardino a Milán, el nuevo gobernador don Gonzalo de Córdoba duque de Sessa lo designa magistrado en la ciudad de Cassino. También son dos años, ésa es la costumbre.
En 1562, don Fernando de Avalos marqués de Pescara lo designa juez en su feudo de Castel Leone, en plena Lombardia. Tiene las más amplias facultades, como lugarteniente, especialmente en orden a apaciguar las rencillas sangrientas de sus díscolos ciudadanos.
Bernardino, con su carácter firme y también magnánimo consigue muy buenos resultados. En poco tiempo logra lo que otros no han conseguido. Pone paz entre los diversos bandos de la ciudad. El país pasa a gozar de calma, sin violencias y sin venganzas. El juez y lugarteniente pasa a ser un hombre no sólo respetado sino querido por los habitantes de Castel Leone. Admiran la piedad y la integridad de vida. Hasta la vida religiosa se acrecienta con el buen ejemplo de Bernardino Realino.
La muerte de Clara
En los meses finales de 1561 muere Clara. La noticia le llega a través de las cartas de sus amigos de Bolonia. La herida en Bernardino es profunda y dolorosa. Para él, Clara era la mujer de sus sueños. Con ella pensaba formar una familia cristiana. Todos los trabajos de su vida perseguían este único fin. Ya creía estar preparado, espiritual y económicamente.
Pero la pena le sirve para agigantarse. No hay consuelos en la tierra. En la fe y en Dios, ahí está la verdadera felicidad. En carta a su hermano Juan Bautista dice: "No encuentro otro consuelo sino en Dios. Me entrego a su divina voluntad. El procura el bien de sus creaturas, aunque nosotros nos inclinemos a otros bienes. Ruego al Señor y a su Madre me protejan y me muestren el mejor camino para enderezar mi vida".
Nápoles
Cuando el marqués de Pescara es trasladado, por el Rey de España, a Nápoles, como Gobernador general, decide llevar consigo al magistrado Bernardino Realino como consejero y lugarteniente.
En el mes de mayo de 1564 Bernardino viaja a Nápoles. Recibe instrucciones y da comienzo al desempeño del cargo con diligencia y extremada prudencia. Desea ser un laico enteramente cristiano. No tiene planes. Dios dirá qué‚ deba hacer con su vida.
Un buen discernimiento
En Nápoles trata con los Padres de la Compañía de Jesús. No los conocía. Una sola vez en Bolonia, en la iglesia de santa Lucia, se había confesado con el rector del Colegio jesuita.
En una misa dominical escucha el sermón del P. Juan Bautista Carminata, excelente teólogo y predicador. Años después Carminata será el director espiritual de San Roberto Belarmino. Bernardino se conmueve con esa prédica. En su casa piensa. Reflexiona y reza. Parece haber llegado el tiempo de tomar una resolución definitiva.
Dos o tres días más tarde se pone en contacto con el P. Carminata. Este lo recibe con afabilidad y respeto. Al fin y al cabo Bernardino Realino es una gran autoridad en la ciudad. Conversan largamente. Bernardino hace la mejor confesión general de su vida. Inicia así su discernimiento. Invitado por el P. Carminata hace ocho días de Ejercicios espirituales.
Una decisión atormentada
Por fin decide hacerse religioso. Se siente inclinado a la Compañía de Jesús.
Sin embargo, todavía, hay tormentas. Muchos pensamientos pasan por su cabeza. ¿Cómo dejar al marqués de Pescara que le ha dado tantas muestras de confianza?. ¿Cómo dejar al padre anciano que tanto necesita de él?. ¿Cómo abandonar al hermano menor que requiere de su orientación?.
Se llena de angustias. ¿Qué puede hacer en esta situación?. Redobla entonces la súplica humilde y la mortificación. Pide de una manera muy especial a la Virgen María que se digne mostrarle el verdadero camino.
Una elección confirmada
Un día, lo afirma después el mismo Bernardino, le parece ver a la Madre de Dios con su Hijo en los brazos. La Virgen sonriente le dice: "Bernardino, es mi voluntad que entres en la Compañía de mi Hijo Jesús".
Lo que pasa en ese hombre es imposible decirlo. Pero, lo cierto es que la paz entra a raudales en su persona. No tiene ya, la menor duda.
De inmediato va a visitar al P. Alfonso de Salmerón, Provincial de Nápoles y uno de los primeros compañeros de San Ignacio. Este lo acepta. Pero escribe al P. Diego Laínez general de la Compañía por tratarse de una vocación tan importante.
El noviciado
Escribe cartas. Primero, al marqués de Pescara. Le agradece los muchos honores conferidos y los cargos confiados. Después, al anciano padre. Le pide con humildad su bendición. Por último, a su hermano Juan Bautista. Le hace encargo del querido anciano y lo exhorta a tener siempre gran cuidado de la vida espiritual.
Vende lo que tiene y lo da a los pobres. Entrega el cargo al hermano del marqués y pasa a vivir al Colegio de la Compañía para iniciar el noviciado. Es el 13 de octubre de 1564. Bernardino tiene 34 años de edad.
A pesar de haber vivido largos años con total independencia, se adapta con esfuerzo a la vida de la comunidad. Todos sus compañeros son mucho más jóvenes que él. Y sin embargo, Bernardino, con alegría, no muestra el menor disgusto. Por suerte el maestro de novicios es un jurisconsulto como él. Hace con profundo fervor los Ejercicios ignacianos, prescritos a todos los novicios. Como son dirigidos, en su caso la experiencia dura un mes y medio. Cumple con la peregrinación, señalada por San Ignacio. También se ejercita en los trabajos humildes de la cocina. En esta experiencia el maestro de novicios lo detiene seis meses. Tal vez para acostumbrarlo a la virtud de la humildad. En un hospital de Nápoles atiende a los enfermos por otro mes.
Una prueba dura es salir por las calles populosas de la ciudad. Va vestido con una sotana pobre. En las espaldas lleva en un saco las compras que el hermano comprador hace en el mercado. Los transeúntes saben que es el magistrado y lo saludan con una sonrisa no siempre amable.
Al término del primer año de noviciado, el maestro de novicios evalúa. “¿Está Ud. en igual disposición de ánimo para dedicarse durante toda la vida a los oficios domésticos, o desea reanudar los estudios?".
Bernardino responde sin vacilar: "Entré a la Compañía con la intención de renunciar a todo estudio, sólo deseo servir. Tengo fuerzas y creo que el P. Salmerón me admitió por esta razón". El maestro insiste: "¿Pero Ud. no prefiere ordenarse de sacerdote?. Bernardino responde: "¿Qué necesidad tiene la Compañía de mí?. Como Hermano podré ser más humilde y tendré mayor tiempo de oración".
¿Cuál es la verdadera razón de esas preguntas?. El maestro es un hombre serio y aprecia de veras a Bernardino. ¨¿Por qué entonces insistir en humillarlo?. Bernardino ha sido muy claro de conciencia. Con modestia ha relatado cada una de las gracias recibidas. También, una extraordinaria referente a una aparición de la Virgen María y el niño Jesús, mientras él rezaba el rosario. Las respuestas de Bernardino convencen al maestro de que Bernardino no es un iluso.
Con el visto bueno del maestro de novicios, el Padre provincial le pide iniciar los estudios de teología. Bernardino se ofrece para ser destinado a las misiones de las Indias orientales. Es detenido en su fervor y se le pide dedicarse a los estudios.
En octubre de 1566 Bernardino pronuncia los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia.
La ordenación sacerdotal
Bernardino progresa en teología con gran rapidez. El P. Alfonso de Salmerón analiza y decide que tiene estudios para recibir la ordenación sacerdotal. El doctorado en ambos derechos es suficiente. Un año y unos pocos meses de teología pueden hacer el resto.
El 24 de mayo de 1567 el arzobispo de Nápoles Mario Caraffa lo ordena de sacerdote. La primera misa la dice en la fiesta del Corpus Christi.
En una carta dirigida a su padre dice: "Esta es gran misericordia de Dios. Él me ha elevado al honor de ofrecer al Padre eterno el cuerpo y la sangre de su divino Hijo. Esto es lo m s grande que el hombre puede hacer en la tierra. Yo me asusto, porque conozco mi indignidad. Soy, pues, sacerdote. Ud. jamás lo habría pensado. No entré a la Compañía con ese pensamiento. Pero el hombre propone y Dios dispone. Quiera la divina Majestad que yo sea un buen ministro para ayudar a las almas. Le ruego calurosamente, vaya Ud. a una iglesia y ante el Santísimo Sacramento dé gracias por el gran beneficio dado a su hijo. Ni Ud. ni yo merecemos tan grande favor".
Maestro de novicios
A la muerte del P. Maestro de novicios, los Superiores deciden nombrar al P. Bernardino Realino en el cargo. Es una muestra de confianza y una prueba de su prudencia y virtud. Bernardino está en un último año de teología. Es además padre espiritual de los alumnos del Colegio. Desempeña bien las funciones. El 1 de mayo de 1570 San Francisco de Borja, general de la Compañía, le concede la profesión solemne de cuatro votos.
Ministerios
Poco tiempo necesita San Bernardino Realino para conquistar la estima y el afecto de los napolitanos. Su humildad sincera y su amabilidad los gana a todos. Siempre est disponible para atender al que llegue a pedirle un consejo o una palabra de consuelo.
En la dirección de las personas, muchos lo atestiguaron, infunde una espiritualidad muy varonil, basada en la constancia por hacer grandes cosas y no dispuesta a retroceder antes los fracasos momentáneos.
Se le ve siempre con los marginados, los niños de la calle, los enfermos de los hospitales y los presos de la cárcel. Con gusto enseña el catecismo a todos. Tres años vive así en Nápoles. Predica, confiesa y dirige espiritualmente. Las vocaciones sacerdotales aumentan. Visita pobres, hospitales y cárceles. Pronto lo persigue la fama de ser santo.
En la ciudad de Lecce
En 1574, el P. Alfonso de Salmerón lo destina a la ciudad de Lecce donde la Compañía de Jesús ha accedido a fundar una Residencia y un Colegio. Son tres jesuitas y San Bernardino es nombrado Superior.
La partida de Nápoles es impresionante. Una profunda pena invade los ánimos. Todos se lamentan, jesuitas y devotos. Cada uno quiere un recuerdo y una bendición, del padre, del amigo, del santo.
El 12 de diciembre de 1574 llega muy contento y decidido a la ciudad de Lecce. De inmediato se da al trabajo. Organiza. Él sabe trabajar sin descanso. Como es su costumbre, los primeros son los pobres, los enfermos y los presos de la cárcel.
"Este domingo llegamos a esta noble ciudad de Lecce, sanos y salvos a pesar del largo y el incómodo viaje. Fuimos recibidos con aplauso de todos. Esto confunde. No escribo detalles, porque me da vergüenza. Basta que Ud. sepa que el amor por la Compañía es grande. La hermosura del país y la calidad de la gente son espléndidas. No me imaginaba todo esto. Aquí parece que estamos siempre en primavera. Espero confiado que Ud. lo constate con sus propios ojos. Me propongo establecer pronto el Colegio y nuestra Casa. La juventud es numerosa y est muy bien dispuesta".
Hace visitas a los grandes. Él sabe que es importante. El primer día se presenta a Monseñor Domingo Petrucci, el Vicario apostólico que gobierna la diócesis. En la catedral saluda a los canónigos y les ofrece toda la ayuda que les sea necesaria. Después toca el turno al presidente de la Provincia y a las otras autoridades, sin olvidar a los poderosos. Con simpatía los gana a todos. Con el ejemplo de su vida, al poco tiempo cosecha a manos llenas.
El rector del Colegio
El vicario de la diócesis le cede de inmediato la iglesita de la Anunciación con un pequeño jardín que la rodea. Las limosnas permiten comprar también una casa antigua.
Bernardino consigue las ruinas de la antigua iglesia de San Nicolás. En ese sitio se coloca la primera piedra de la futura iglesia de la Compañía el 21 de septiembre de 1575. En dos años Bernardino termina la iglesia del Gesù.
San Bernardino se entrega con tesón a comenzar las obras del Colegio. Consigue limosnas de sus amigos de Nápoles y la ayuda de los ciudadanos de Lecce. No sabemos de dónde saca tiempo y valor. No descuida los ministerios en la iglesia del Gesù ni los habituales con los pobres y desvalidos.
En 1583 el provincial inaugura el Colegio. San Bernardino es nombrado primer Rector. La comunidad jesuita es acrecentada. Los alumnos son numerosos.
Dirigidas por Bernardino, las siete Congregaciones Marianas (hoy, Comunidades de Vida cristiana, CVX) de la ciudad florecen en todos los estratos sociales. Las hay para eclesiásticos, intelectuales, nobles, sirvientes, y también comerciantes, artesanos y estudiantes. Pero la atención de los pobres es su actividad predilecta.
La fama de santidad
Respecto a las limosnas, muy pronto corren, en la ciudad, noticias muy extrañas. Algunos cuentan hechos extraordinarios obrados por San Bernardino. Se habla de haber multiplicado los alimentos, de hacer curaciones con sólo la oración, de leer las conciencias.
Esta fama de santo, atrae pronto a Obispos, prelados, príncipes y enorme gentío. Son muchos los que llegan a Lecce a visitarlo y escucharlo.
El mismo Papa Paulo V, el emperador Rodolfo II, el rey Enrique IV de Francia y los duques de Baviera, Mantua, Parma y Módena le escriben hermosas cartas encomendándose a sus oraciones. El cardenal San Roberto Bellarmino lo visita personalmente en 1596. También lo trata San Andrés Avelino todo el tiempo que vive en Lecce.
En el ministerio de oír confesiones es ciertamente un héroe. Los penitentes son muchos. Él los atiende a todos con suma caridad. En la iglesia permanece durante largas horas en el confesionario. Desde muy temprano, pues él es quien llega primero en la mañana. En los días de fiesta o de mayor concurso, puede estar en este ministerio hasta ocho o diez horas seguidas. En los años de vejez, el confesar no es jamás abandonado. Su trato es entrañablemente afable. Como un médico, no pierde nunca la esperanza. Un día le preguntan: ¿Puede un confesor negar la absolución al penitente que siempre confiesa los mismos pecados?. La respuesta de Bernardino es rápida y clara: "Sí, puede hacerlo; pero no debe hacerlo jamás. El pecador siempre tiene enorme dificultad y vergüenza al tener que descubrir a otro sus faltas. Por eso conviene usar mucha caridad y no diferir la absolución. No se debe perder una ocasión para reconciliar con Dios".
Imposible salir de Lecce
El aprecio de los ciudadanos de Lecce crece día a día. No se imaginan que pueda ser trasladado a otra ciudad. No est n dispuestos a perderlo. Cada vez que los Superiores hablan de un posible nuevo destino, hay gran revuelo. Una vez los magistrados ordenan cerrar las puertas de la ciudad para impedir una posible partida.
En algunas ocasiones, el viaje es impedido por causas muy extrañas. No puede viajar a Nápoles, porque cae enfermo súbitamente y las lluvias torrenciales bloquean los caminos.
En 1579 el P. General Everardo Mercuriano determina trasladarlo a la Casa profesa de Roma con el cargo de Vice Prepósito. Bernardino se prepara con suma diligencia. Una fiebre persistente y alta lo derriba en cama. No le es posible viajar. ¿Es la malaria, tan común en esa época?. Durante ocho meses permanece la dura enfermedad. Un día sí, el otro no. Cuando el General desiste, la fiebre comienza a ceder. Los médicos de Lecce dicen: "Para el Padre Realino la orden de salir de Lecce, es orden de enfermarse". La última prueba la da el P. Claudio Acquaviva, el sucesor del P. Mercuriano como general. Él conoce bien a Bernardino, pues siendo provincial muchas veces ha visitado el Colegio de Lecce. Le tiene una profunda estima. En 1595 le escribe una carta muy delicada. Bernardino queda liberado del cargo de rector y es destinado a un lugar de mejor clima. San Bernardino agradece a Dios por el cambio en su cargo. Se prepara de inmediato a cumplir con los deseos de su superior. Pero nuevamente cae enfermo de esas fiebres que no le permiten viajar. La carta que escribe a su hermano Juan Bautista dice: "Le comunico algo que sé que le será muy grato. El Padre General con suma caridad se ha dignado favorecer a mi vejez con la liberación del gobierno. En la vigilia de Pentecostés lo tomará mi sucesor. Es un Padre de mucha virtud y me trata, no como súbdito sino como a un hijo. Verdaderamente gozo con esta gracia. Me doy cuenta de que no puedo ser ingrato al beneficio divino y debo corresponder en el tiempo que resta".
Los favores del cielo
No es raro, en todas partes se habla de los favores recibidos desde cielo. Algunos narran visiones.
En 1605, el Santísimo Sacramento está expuesto todo el día siguiente a la fiesta del Corpus. Bernardino pasa en su presencia largas horas. El P. Giacomo Brancacci dice ser testigo. Cuando Bernardino se incorpora de la oración, Brancacci ve salir rayos del pecho de Realino. Tanta es la emoción que cae de rodillas. Sorprendido se frota los ojos, porque podría ser una ilusión. Pero no tiene dudas.
En pleno invierno, en Navidad, una penitente advierte que Bernardino tiembla de pies a cabeza y tirita de frío en el confesionario. Ruega al sacristán llevarlo a su pieza y abrigarlo. Mientras llega el brasero, él se lamenta por las confesiones que ha debido interrumpir. Para consolarse reza una oración a María, a San José y al Niño de Belén. De repente ve iluminarse el aposento. Es la Virgen con el Niño en brazos. "Bernardino, por qué tiemblas", le pregunta la Virgen. "Estoy tiritando de frío", responde el anciano. Entonces María, con ternura le entrega al Niño en sus manos. Cuando llega el Hermano sacristán con las brasas lo encuentra en éxtasis. Oye decir muy quedo: "Un ratito más, por favor Señora, un ratito más". El Hermano cuenta, el Superior pide a Bernardino la relación completa.
Una otra vez el Hermano enfermero lo encuentra en la mañana con el rostro encendido y llorando. "¿Por qué llora, Padre?", le dice con cariño. Bernardino contesta: "¡Ah, si Ud. supiera lo que he visto!. Y ¿qué es lo que ha visto?, dice el Hermano. Realino no puede callarse: "He visto a la Santísima Virgen resplandeciente como un sol y vestida de púrpura y azul. He estrechado también en mis brazos al Niño Jesús". Después asustado, ruega al Hermano que no lo diga a nadie. Pero es inútil, porque éste lo cuenta a todos.
Pero lo que edifica es la humildad sincera del P. Bernardino. Siempre está dispuesto a cualquier trabajo y a la obediencia más pequeña de parte del superior. Jamás dice una palabra dura. Jamás habla mal del otro.
Unos hechos extraordinarios
¿Por qué la gente insiste en que Bernardino lee las conciencias de los penitentes?.
Algunos musulmanes dicen que le entienden muy claramente lo que explica. Ellos son esclavos de galeras y nadie les habla porque no comprenden el idioma. El P. Bernardino les ha explicado el catecismo en italiano y ellos han entendido todo. ¿Tiene el Padre don de lenguas?. Algunos dicen que Bernardino les ha hablado en lengua árabe. Los musulmanes son muy duros y resentidos odian a los cristianos. Y sin embargo, se convierten.
¿Es cierto que el P. Bernardino puede estar al mismo tiempo en dos lugares diferentes?. Don Tomás Mastrilli está enfermo en la ciudad de Nola. Afligido invoca en la oración a su amigo Realino que vive en Lecce. El enfermo dice que Bernardino lo visitó y le ha anunciado su pronta curación. ¿Es ilusión o es verdad?. Lo cierto es que el enfermo se recupera de inmediato.
¿Por qué dicen que Bernardino multiplica los alimentos?. Se habla de un tonel vacío que encuentran con un exquisito vino.
También comentan muchas profecías. Pasan de 150 las predicciones recogidas en los procesos y cuyo exacto cumplimiento es narrado con juramento.
Se cuentan curaciones insólitas con un poco de agua. Alguien dice que ha sanado con un objeto utilizado por ‚l. Los bastones de Realino son famosos. El pobre viejo siempre se apoya al andar en un bastón de caña. Los de Lecce al verlo caminar vacilante, envían a los niños para que lo acompañen. Una y otra vez se las arreglan para cambiar las cañas. Así conservan un bastón usado por el hombre que tienen por santo.
En los procesos jurídicos hay narraciones que verdaderamente impactan. Todas se afirman bajo juramento. Los habitantes de Lecce cuentan numerosas enfermedades sanadas por el signo de la cruz impartido por Bernardino. Son antiguos paralíticos, ciegos, reumáticos, heridos con llagas rebeldes, padres desesperados. Hay mujeres que dicen haber sido estériles y que tuvieron hijos por haber sido bendecidas por Bernardino. Muchos partos difíciles logran llegar a buen fin. Los que narran haber sido librados de peligros, robos o bandidos son muy numerosos.
La última enfermedad
Bernardino no tiene una buena salud. Lo hemos visto. De complexión débil sufre de continuo fuertes fiebres. Por lo demás no es un hombre que se preocupa mucho de ella. Los superiores son los que tienen de ‚l un cuidado que lo asombra y considera innecesario. Los ayunos de la Iglesia, y que son muchos en ese tiempo, los observa con rigor. A menudo agrega otros voluntarios y también penitencias de silicio. Con frecuencia se ejercita en los trabajos duros de la comunidad.
En la vejez el descanso es poco. Son muchos los que acuden a visitarlo. Los más desean confesarse, otros recibir un consejo. Los hay, por cierto numerosos, que buscan un objeto. Cualquier cosa usada por Bernardino se considera una reliquia.
El 3 de marzo de 1610 el pobre viejo pasa toda la mañana en la iglesia oyendo confesiones. Se dirige a su pieza a buscar una medalla que una persona devota le ha pedido. Al volver da un paso en falso, cae en la escalera y azota la frente en el suelo. Al tremendo ruido acuden los Padres y lo encuentran inconsciente y bañado en sangre por dos heridas de la cara. Lo acuestan en la cama y mandan a llamar al médico. Consternados, nadie piensa en una posible recuperación.
La noticia vuela en la ciudad. El santo Bernardino est a las puertas de la muerte. Corren, se precipitan a la iglesia y a la puerta del Colegio. Todos quieren verlo. Los poderosos insisten con m s vehemencia. Los Padres ruegan que le permitan descansar. Muchos quieren que se les d‚ algo que usa Bernardino. Pasan objetos para que sean tocados por el viejo. Nadie da abasto en esta tarea. Y así pasan los días y también los meses.
Cuando Bernardino recupera la conciencia, no se queja. No pronuncia una palabra que signifique dolor. Hasta sonríe cuando el médico le hace las sangrías. En dos ocasiones el P. Juan Schinchinelli, su rector, percibe que Bernardino está en éxtasis. Le pregunta qué es lo que pasa. Bernardino, obediente y humilde le dice haber visto a Jesucristo pendiente en cruz rodeado de rayos luminosos. Del segundo éxtasis dice: “Cristo ha venido con su corona de espinas. Se ha acercado, saca una y la coloca en mi la cabeza. Me preguntó: ¿No sientes dolor?. Yo dije: "No siento pena alguna, Señor. Es verdad la espina clavada en tu cabeza me da un gran consuelo. Alarga, por favor, mi enfermedad".
Bernardino ya casi no sale de su aposento. Va muriendo lentamente. Ayudado camina unos pasos en el corredor del Colegio. Alguna vez puede celebrar la misa e ir al confesionario. Esas son sus grandes alegrías. En su pieza reza muchas veces el rosario y recibe penitentes. Así transcurren tres años.
Cuando es imposible caminar es trasladado a la enfermería y los superiores señalan a un hermano para su cuidado. Sonriendo Bernardino dice que el hermano es ahora un superior y en todo se somete a sus deseos. No reclama porque el Hermano reparte a los devotos las cosas que usó y escribió. No importa, es un superior el que dispone. Así transcurren otros tres años.
Un decreto increíble
El 21 de diciembre de 1615 la Municipalidad de Lecce decide reunirse en solemne asamblea. Los veinticuatro regidores determinan proclamar al venerable anciano Bernardino Realino como patrono y protector de la ciudad. Increíble, es casi una canonización civil en vida.
"Para todos son muy conocidas las fatigas sin descanso durante más de 40 años del P. Bernardino Realino, sacerdote y teólogo de la Compañía de Jesús. Han sido con gran ventaja espiritual y temporal de los conciudadanos, de todo orden y condición. Son muy conocidos sus ejemplos de consumada perfección y santidad en virtudes y ministerios apostólicos. Somos testigos de sus favores, gracias y de numerosos milagros que Dios ha operado por su oración y m‚ritos. Este fiel siervo ha dado consuelo y salud a muchos, no sólo de Lecce sino también de las provincias circunvecinas. Su fama se extiende a todo el reino, también a países extranjeros y muy lejanos. Nosotros damos gracias a Dios por habernos dado este amoroso padre y bienhechor. Por eso lo elegimos como abogado y protector para cuando deje esta vida terrenal. Suplicamos al señor obispo que de inmediato se digne tomar los testimonios y compilar los procesos jurídicos de sus virtudes y milagros y ser expedidos al romano pontífice Paulo V para obtener su solemne beatificación".
Eligen a cuatro diputados para entregar al obispo el decreto y prometen no omitir diligencia alguna en orden a obtener el cometido.
La muerte
El 29 de junio de 1616 le sobreviene una debilidad extrema con mucha fiebre. El día 30 ya no puede hablar. Con ánimo tranquilo recibe el santo Vi tico y el sacramento de los enfermos. Toda la comunidad est presente.
A pesar de los deseos del padre rector, la noticia de inmediato corre a la ciudad. Y de nuevo es imposible contener a los que pugnan por verlo y tener algún recuerdo. La conmoción es inmensa.
El rector permite la visita de las autoridades de la ciudad de Lecce. No le es posible rechazar.
El presidente toma la palabra: "En esta hora de su partida, queridísimo Padre, la ciudad de Lecce lo acompaña con dolor y lágrimas. Le pedimos que cuando esté en el cielo, ruegue por nosotros, a quienes por tantos años Ud. ha protegido benignamente. Lo hacemos movidos por el amor que Ud. nos ha tenido. Desde ahora lo deseamos y declaramos como nuestro abogado y protector para toda eternidad. No se olvide de nosotros cuando esté gozando de Dios".
El P. Bernardino no puede responder con su palabra. Con los ojos y humillado acepta el extraordinario encargo. Un suspiro. Un enorme esfuerzo. Unas palabras muy quedas: "Señores, sí". El 2 de julio de 1616, al mediodía muere apaciblemente. A los 85 años de edad y 52 de vida religiosa. La ciudad entera lo llora.
A duras penas los jesuitas pueden celebrar las ceremonias del funeral. Desde lejos llegan también los pobres a venerarlo. Hay mucho llanto y dolor.
Las calles alrededor del Colegio y de la iglesia están atestadas de gente. Tres días desfilan incansables los fieles. A duras penas los soldados mantienen el orden y la devoción de tanta gente.
Al tercer día es enterrado en la cripta de la Iglesia.
La glorificación
Los procesos de beatificación se inician de inmediato. La iniciativa es de las autoridades civiles de Lecce. Piden ayuda al cardenal Roberto Belarmino y las investigaciones canónicas comienzan a los pocos meses en Lecce, Taranto, Nardo, Ugento y otras diócesis.
Los decretos ordenatorios del papa Urbano VIII demoran la Causa. Nuevo atraso tiene al ser extinguida la Compañía de Jesús en 1773.
San Bernardino Realino fue canonizado el 22 de junio de 1947 y declarado Patrono de la ciudad de Lecce.
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