San Juan Francisco Régis

 

Fiesta: 2 de julio

 

 

Es el Patrono de los jesuitas de Francia.

 

 

Niñez y juventud

 

Juan Francisco nace el 31 de enero de 1597 en la pequeña aldea de  Fontcouverte, en el Languedoc francés. Es el segundo hijo del matrimonio de Juan Régis y de Margarita Cuhugan, pequeños propietarios campesinos. En el bautismo, su padrino es Francisco de Brètes, señor y barón de Pécheiriq, y la madrina es Clara Daban, la esposa de su tío Bartolomé Régis.

 

Toda la familia se distingue por la gran fidelidad en la fe católica, tan amenazada, en esos tiempos, por los calvinistas.

 

Juan Francisco es de una personalidad muy sensible. La madre lo comprende y lo educa suavemente. Una palabra ruda lo conmueve hasta las lágrimas. Más vale castigar sus travesuras de niño con una mirada m s severa. Con ese m‚todo Margarita obtiene buenos frutos.

 

En la escuela, el profesor es más bien severo. Como es costumbre, a veces castiga físicamente Juan Francisco Así no aprende, se encierra y aparece casi como un niño poco inteligente. Margarita lo conoce. Ruega al profesor cambiar la severidad por el afecto. Juan Francisco entonces florece.

 

La casa es modesta. En el primer piso está  la cocina y el aposento que sirve de salón y dormitorio. En el segundo hay dos salas amplias y un granero. Nada más.

 

Margarita muere pronto. El padre contrae nuevas nupcias y nacen otros dos pequeños. En familia se habla el idioma del sur, el Languedoc.

 

 

En el Colegio de Béziers

 

La ciudad de Béziers no queda lejos. Para los viajes de la ‚poca son seis horas. Allí la Compañía de Jesús tiene un Colegio con buen prestigio. Es sólo un externado. Por un contrato, los jesuitas supervigilan las pensiones donde residen los alumnos que vienen de lejos.

 

En 1611 llega Juan Francisco. Con seis muchachos se aloja en una pensión situada un poco al sur de la Iglesia de San Félix.

 

Se educa, desde 1611, en el Colegio de los jesuitas. Tiene casi quince años. Es un buen alumno del segundo curso de Gram tica.

 

Al poco tiempo ingresa en la Congregaci¢n Mariana (hoy, Comunidades de Vida cristiana, CVX). Con acompañamiento espiritual progresa en devoción a la Eucaristía y a la Virgen. Lee y medita el Nuevo Testamento y hace apostolado entre los pobres. En la pensión hace un trato con los amigos. Se esforzarán en ser mejores.

 

 

Discernimiento vocacional

 

El apostolado entre los humildes lo obliga a preguntarse sobre su vida futura. Con reflexión y discernimiento le parece que el Señor lo llama a consagrar la vida en el sacerdocio. El tiene parientes benedictinos en la abadía de La Grasse. Pero el apostolado con los pobres lo atrae fuertemente. Con el Padre espiritual conversa y se acompaña.

Cuando termina los estudios secundarios, decide hacer los Ejercicios espirituales de San Ignacio. Allí determina hacerse jesuita. Aconsejado, pasa las vacaciones en la casa de Fontcouverte. Así, le dicen, tendrá una mayor libertad.

 

 

En el noviciado

 

El 8 de diciembre de 1616 ingresa a la Compañía de Jesús, en el Noviciado de Toulouse. Tiene 19 años de edad.

 

La formación del noviciado es la normal de todos los jesuitas. La de Juan Francisco la dirigen dos Maestros, sucesivamente: el P. Pierre La Case, quien será más tarde su Provincial, y el P. Pierre Verthamond que se consagrará después a las misiones rurales.

 

De las experiencias propias del noviciado no tenemos noticias especiales. Sólo, del mes dedicado al cuidado de los enfermos. En el hospital de Saint Jacques son frecuentes las epidemias y los enfermos son numerosos. Los testigos del proceso de beatificación dicen que entonces Juan Francisco hizo proezas. Allí él escogió a los más abandonados, arregló los lechos, bañó y acostó con cariño a los que parecían repugnantes. Frente a las úlceras, no retrocede. Limpia y cura con gran delicadeza.

 

No es, pues, de extrañar que sus compañeros afirmen que Juan Francisco es un novicio ejemplar. Algunos dicen que es demasiado indulgente con las faltas ajenas. Es un artista en arreglar dificultades y siempre parece estar de excelente humor.

 

 

Los votos religiosos

 

En octubre de 1618 es destinado al Colegio de Auch, a reemplazar a un profesor de Gram tica por un trimestre. Los otros nueve meses del año los pasa en el Colegio de Cahors donde sigue los cursos de Retórica.

 

En ese Colegio emite, el 8 de diciembre de 1618, los votos perpetuos de pobreza, castidad y obediencia.

 

 

Magisterio

 

En el Colegio de Billon, en la Auvernia francesa, comienza su experiencia de magisterio. Es inspector y maestro en los primeros cursos de Gram tica.

 

No tenemos muchos testimonios de estos tres años pasados en el Colegio. Uno de sus alumnos de ese entonces, el arzobispo de Clermont Monseñor Gilbert de Veny atestigua: "Considero como una de las mayores gracias de mi vida el haber estudiado bajo la dirección de este santo religioso".

 

En Billon está  muy presente el recuerdo de los dos jesuitas muertos por los hugonotes en 1593. Los hoy Bienaventurados Jacques Sales y Guillermo Saultemouche, los mártires de la Eucaristía, son un ejemplo vivo y muy cercano para la comunidad del Colegio.

 

 

Los estudios filosóficos

 

En octubre de 1622, Juan Francisco es destinado al Colegio de Tournón para estudiar allí los tres años de filosofía. El Colegio es de la Compañía de Jesús y puede otorgar el grado de doctor.

 

De esta etapa de filosofía hay varios testimonios en los procesos de su Causa. Unánimemente los compañeros lo consideran un excelente alumno, agradable y piadoso. Lo recuerdan con gran cariño. Tiene gran amor a la Eucaristía y muchas veces importuna al Hermano sacristán ofreciéndose para ayudar misas.

 

En los estudios varias veces le corresponde "argumentar" en los actos filosóficos. En alguna ocasión no es brillante, pero no manifiesta molestia alguna.

 

En los tiempos que puede destinar al apostolado, suele acompañar a los sacerdotes que dan misiones en los pueblos y aldeas vecinas al Colegio. Un sacerdote, en los procesos, atestigua admiración e insiste en el éxito alcanzado por Juan Francisco en este ministerio con campesinos.

 

En los procesos hay dos cosas bien curiosas correspondientes a esta misma etapa. Un testigo resalta que Juan Francisco tiene siempre a flor de labios una frase muy suya: "Siempre listo". Otro dice que el hacer "una obra buena todos los días" es en él muy característico.

 

Estos dos elementos, unidos a sus continuos viajes por los campos y aldeas francesas y el profundo amor a la naturaleza, han permitido que sea considerado el patrono de los scouts católicos, por lo menos en Francia.

 

 

Un segundo magisterio

 

En 1625 es destinado al Colegio de Le Puy, dos años, como profesor de Gram tica suprema. Es una segunda ‚poca de magisterio. No es común en la Compañía de Jesús hacer dos veces la experiencia del magisterio. En la historia de la Causa de canonización no se dan razones. Tampoco las da el mismo Juan Francisco.

 

Le Puy es una de las villas más pintorescas de Francia. Juan Francisco viaja hasta allí a pie, con el saco a la espalda.

 

Después de cruzar las gargantas del Loira, descubre de repente el anfiteatro de montañas, con sus volcanes extinguidos, sus cascadas y la lava hecha piedra. La ciudad se recuesta en los flancos del monte Anis. Las casas y las calles se encaraman con desorden. La catedral vigila desde lo alto. Las murallas y las dieciocho torres la defienden en la parte baja. Por la puerta de Avignon, la puerta de los Papas, Juan Francisco llega a su Colegio de mil alumnos.

 

Descansa un par de días y de nuevo se entrega a su repetida misión pedagógica. Él sabe hacerlo. Esta vez trabaja con los cursos superiores. Le gusta tratar con los muchachos y se da por entero a la labor.

 

Los testimonios en el proceso, esta vez, son verdaderamente numerosos. "Desde que lo conocí, supe que era un santo", dice uno. "Desde el primer día no vi sino santidad", corrobora otro. Un jesuita dice: "Entre los alumnos tuvo una total aprobación y adquirió pronto la reputación de ser virtuoso".

 

¿A qué se debe esta fama de hombre bueno? Todos señalan la fuerza de su palabra. Habla como quien está  convencido. Les gusta cuando enseña y dice cosas de Dios y de la Virgen. Es sencillo, casi ingenuo. No hace ruido. Es cariñoso y sabe amar. Ahí está  el secreto.

 

 

El aprendiz de misionero

 

Juan Francisco no olvida al pueblo abandonado. Los domingos y días de vacación sale a predicar por las aldeas vecinas. Pero como su misión principal es la educación de sus alumnos, se las ingenia para formarlos mediante el apostolado.

 

Por turno, y en grupos, permite que los mayores lo acompañen. Todos quieren ser de la partida. Lo que ven en las correrías los llena de admiración. Y lo dicen en los procesos. "Yo me acuerdo que los pobres lo adoraban. Ellos decían que jamás una predicación les había impresionado tanto". En las visitas a las casas, "su conversación era aun más encantadora y eficaz".

 

 

Una teología accidentada

 

En septiembre de 1627, a los treinta años de edad, es enviado a iniciar los estudios teológicos al Colegio de Toulouse. Pero al término de su primer trimestre, el Padre provincial Pierre La Case, su antiguo maestro de novicios, lo destina repentinamente a reemplazar a un profesor en el Colegio de Auch. Es su tercer magisterio. Otro año como profesor de Gram tica con alumnos mayores.

 

Al año siguiente, en 1628, reanuda los estudios de teología en Toulouse. Sus Compañeros son 24 jesuitas franceses en los cuatro cursos.

 

Sin embargo, no todo puede ser paz. A las pocas semanas de iniciarse las clases, la peste bubónica estalla en la ciudad. Es tal la virulencia que los superiores deciden trasladar a los estudiantes, primero a los novicios y después a los mayores, a una casa de campo. Con dificultad se reinician los estudios. La casa no tiene comodidades para una permanencia prolongada.

 

Y la peste no cede. Al contrario, se acrecienta. Sesenta jesuitas se ofrecen para atender a los apestados que aumentan cada día en las ciudades y aldeas de todo el sur. El provincial destina a muchos para esa heroica tarea, pero no permite que los no sacerdotes intervengan en ella. Juan Francisco insiste y es rechazado. A lo más podrá visitar las casas de los campesinos no contaminados.

 

 

Una ordenación adelantada

 

Juan Francisco, en la oración, siente entonces que Dios le pide adelantar la ordenación sacerdotal. Ese es el camino para entregarse del todo a los ministerios de la caridad.

 

Discierne y representa con firmeza. Los superiores se sorprenden. No tanto el P. Pierre La Case, que lo conoce desde el noviciado. El provincial sabe que Juan Francisco es un hombre responsable. Conversa con ‚l muy seriamente. Le explica que va a ser necesario renunciar a los grados académicos y a la profesión solemne de cuatro votos. Juan Francisco está  conforme. Promete terminar los estudios como sacerdote. Al fin, sus ruegos son aceptados.

 

Recibe la ordenación sacerdotal en 1630. Puede trabajar con los campesinos, pero no con los apestados. Esa es la determinación del superior, no debe descuidar la teología.

 

 

En Fontcouverte

 

En diciembre de 1630 es destinado a su ciudad natal, Fontcouverte, donde debe poner paz en asuntos familiares. Como el padre ha muerto, hay problemas entre el hermano de Juan Francisco y los hijos del segundo matrimonio. Tiene pleno éxito, porque él los quiere a todos y lleva instrucciones de no pedir nada.

 

El tiempo libre lo dedica al catecismo, a visitar enfermos y a predicar en la pequeña iglesia. Al poco tiempo, los niños y los pobres son sus incansables compañeros. La misión de Juan Francisco y sus interminables confesiones logran una verdadera conversión de los habitantes de Fontcouverte.

 

 

Tercera probación

 

El éxito de estos primeros ministerios es tan notable, que los Superiores determinan ocuparlo únicamente en las misiones rurales.

Es destinado, de inmediato, a terminar la formación con los seis meses de la llamada Tercera probación. En el Noviciado de Toulouse y bajo la dirección del P. Juan Roussanges hace nuevamente el mes de Ejercicios y las experiencias que prescribe San Ignacio.

 

No conservamos apuntes espirituales, ni testimonios de sus Compañeros. Parece cierto que corresponde a estos meses el ofrecimiento para ir a las misiones del Canadá. Pero también esta petición es rechazada por los superiores.

 

 

Montpellier

 

La determinación de los superiores de la Compañía de Jesús es mantenida. Es designado para el ministerio de las misiones rurales.

 

En septiembre de 1631 es destinado al pequeño Colegio de Pamiers a reemplazar al profesor de los alumnos mayores. Los días libres y las vacaciones los entrega al ministerio misionero entre sus queridos campesinos.

 

En julio de 1632 está  ya en Montpellier. Es la segunda capital del Languedoc, la administrativa y judicial. Hay allí una excelente Universidad. Pero, al mismo tiempo es la ciudad de Francia que tiene m s habitantes calvinistas.

 

Como es su costumbre, el primer cuidado es para los niños. Con gran paciencia enseña el catecismo. La predicación es sencilla, tierna y con gran unción. Juan Francisco sabe que a través de los niños se llega a los mayores.

 

Después, o tal vez en forma simultánea, se preocupa de los pobres y los enfermos. Día tras día, incansable, pide limosnas en las casas de los más pudientes, para distribuirlas entre los indigentes. Es audaz. No tiene miedo. Recorre y pide. Visita a todos. La manera sencilla que tiene de hacer las cosas los edifica. Al poco tiempo, ricos y pobres empiezan a darse cuenta de que vive un santo en la ciudad. Todo esto, por supuesto, trae un gran progreso espiritual en la vida de casi todos.

 

 

Los comienzos en la misión rural

 

En invierno da misiones en Sommières, donde la población casi entera es calvinista. No tiene miedo ni a la nieve ni al frío. Los métodos son los mismos: los niños, los enfermos, los pobres, el catecismo y la atención de confesiones. Su austeridad alegre y la costumbre de vivir de limosnas, mendigadas día a día, ganan muchos corazones. Los pocos católicos se confirman en la fe. Algunos calvinistas vuelven a la fe de Roma.

 

Casi todas las aldeas y poblados de los alrededores de Sommières son visitados. En todas Juan Francisco predica, dice misa y confiesa. Día tras día, semana tras semana. No desea descansar. Parece muy feliz entre los hombres sencillos.

 

 

Los últimos votos en la Compañía

 

El 16 de diciembre de 1632, el P. Mucio Vitelleschi, General de la Compañía, escribe al P. Provincial de Toulouse: "Hemos examinado los informes que Ud. nos ha enviado sobre los Padres que deben ser promovidos a los últimos votos". La lista tiene trece nombres. Junto al nombre del Padre Juan Francisco Régis, el Padre General indica: "Sea promovido sin tardanza".

 

La carta del Padre General llega en el mes de enero de 1633 a Montpellier. A pesar del "sin tardanza", Juan Francisco pronuncia los votos el 6 de noviembre en la capilla del Colegio de Montpellier. Los compromisos misioneros no le permiten hacerlos en otra fecha.

 

 

El misionero rural

 

Sommières es el preludio. Los próximos siete años es un proseguir incansable. Es difícil acompañar a Juan Francisco en esas interminables correrías.

 

Primero recorre la región de Cévennes. Atraviesa montañas, coronadas por roqueríos imponentes. Los senderos cruzan los grandes bosques. Las ciudades de Montauban, Nimes y Montpellier tienen también mayorías calvinistas. En los campos la ignorancia es muy grande. Muy pocos practican la antigua fe católica.

 

En 1633, lo encontramos en la diócesis de Viviers, llamado por el obispo. Las guerras religiosas han hecho allí estragos. Los sacerdotes son muy pocos y m s bien pobres. Las grandes riquezas están en poder de los hugonotes. Las iglesias, casi en ruinas. Las buenas costumbres han decaído.

 

La usura, la corrupción y la violencia son el pan de cada día. Juan Francisco se da con pasión a su ministerio acostumbrado. Tanto que el obispo se asusta y pide a los Superiores que le ordenen disminuir su actividad excesiva.

 

Con su compañero, Juan Francisco va de pueblo en pueblo. Prepara la visita del obispo quien llegar  al terminar la pequeña misión. Predica intensamente, santifica con los sacramentos de la confesión, y comunión. Prepara al sacramento de la confirmación que impartirá solemnemente Monseñor Luis de Suze. El pueblo, en todas partes, le muestra gran confianza y un aprecio verdaderamente extraordinarios. Se aglomeran a su paso, le salen al encuentro y lo acompañan largas jornadas cuando parte.

 

Son tres años largos. Los nombres de las aldeas nos dicen poco. Pero ah¡ está n: Saint Gigni‚s, Saint Laurent, Dabres, Aubenas, Coiron, Cheylard, Vinézac, Largentière, Chassiers, Uzer, Joyeuse, Sablières y Pourcharesse. No las nombremos todas. Es casi imposible, son m s de cincuenta.

 

 

Una prueba muy dura

 

Los ministerios de Juan Francisco gustan a los campesinos, no siempre a los sacerdotes. La mayoría del clero apoya su extraordinario celo. Pero un grupo está  molesto. El trabajo del misionero parece echarles en cara lo poco que han hecho por mantener la fe. Las conversiones logradas por Juan Francisco inquietarán a los calvinistas que podrían decidir un contraataque. Lo que m s les indigna es el celo de Juan Francisco por hacer brillar el celibato de los sacerdotes. Y son muchos los que no cumplen los deberes eclesiásticos.

 

Se confabulan. Es necesario obligar al obispo que despida a ese misionero inoportuno. Hay informes, cartas y visitas, una tras otra. Juan Francisco es imprudente, dicen, no los respeta, no pone la verdadera paz. Es bueno, pero es también un obsesivo. No debe seguir con sus misiones. El pueblo va tras él y parece despreciar a los sacerdotes del país.

 

El obispo, en un comienzo, no da oídos. Pero al continuar las quejas se inquieta. A lo mejor es bueno hacer un alto y despedir al misionero. Entretanto Juan Francisco sigue en su ministerio rural. Algunos le cuentan que de ‚l se dicen falsedades al obispo. Pero ‚l no habla, prefiere callar. Nada dice en su defensa.

 

Al fin el obispo, sin oírlo, decide prescindir de sus servicios. Escribe al Padre provincial pidiendo el traslado de Juan Francisco. También escribe al Padre General.

 

La actuación del P. Mucio Vitelleschi es asombrosa, por decir lo menos. Él está  lejos, en Roma. Poco sabe del trabajo de sus súbditos. En su ánimo tiene gran temor por la difícil situación de la Compañía en Francia. Los obispos galicanos no miran con muy buenos ojos el trabajo de esos sacerdotes tan romanos.

El Padre General juzga. Aun más, exige que el P. Juan Francisco Régis se disculpe, sea castigado por imprudente y sea trasladado. "Me disgusta mucho que el P. Juan Francisco Régis haya dado al obispo tantas muestras de simpleza e indiscreción durante la visita de la diócesis de Viviers, y no veo que él haya hecho alguna reparación. No basta que el Padre haya sido llamado al Colegio de Le Puy, desde la misión que ha llevado mal; debe ser sancionado en proporción a la falta".

 

Algo tarde llega la verdad. Juan Francisco está  ya en camino a Le Puy. El obispo escucha después otros informes, de los amigos de Juan Francisco. Abre los ojos y con valentía reconoce su gran error. Escribe entonces una segunda carta al P. Vitelleschi elogiando al buen Padre R‚gis. Agradece que se le haya destinado "un hombre poderoso en obras y en palabras". Alaba su prudencia, celo, energía en el trabajo, su caridad, la vida santa y los grandes frutos obtenidos.                  

 

 

La vocación al Canadá

 

El General se disculpa. Juan Francisco, en su humildad, se examina seriamente en el Colegio de Le Puy. Tal vez no ha sido muy prudente. Es bueno recibir humillaciones.

 

En el obligado descanso lee las cartas de San Juan de Brébeuf y de los misioneros del Canadá. Ahí sí que hay un buen trabajo. Hay peligros en los viajes, en los inmensos bosques, en los ríos interminables, en la nieve y en los indios. Él cree tener condiciones. Discierne y reza largamente.

 

El 15 de diciembre de 1634 escribe al Padre General su ofrecimiento: "Querido Padre: Tengo un deseo vivo por la misión del Canadá. Temo ser infiel a Dios si escondo a Ud. esta vocación. Yo le pido acepte mi deseo. Tengo un cuerpo robusto. El Señor quisiera que fuera tan fuerte mi virtud. Pero la virtud se perfecciona en la miseria. La mía crecerá, yo lo espero con la ayuda de Dios".

 

El General contesta con alguna esperanza. Pero el provincial de Toulouse responde: "El Canadá para Ud. es la región de Vivarais". Esta es una palabra definitiva.

 

 

Continuación de la misión

 

En 1635, Juan Francisco pasa a Le Cheylard. Es una región calvinista. El rey y los gobernadores desean pacificarla y con ese fin solicitan las misiones. Juan Francisco y su compañero pasan allí ocho meses viviendo y predicando en cada uno de los lugares. Es duro. Primero agrupan a los pocos católicos dispersos. Algunos son pusilánimes y otros cansados de mantenerse fieles. De casa en casa, a pie, recorre todos los pequeños valles. Como siempre el primer cuidado es para los enfermos, los pobres y los niños. En Serré queda tres semanas atrapado por la nieve. En Girond también permanece bloqueado. El sendero para bajar desde la montaña ha desaparecido. La misión entonces puede prolongarse.

 

Juan Francisco no hace acepción de personas. Ni siquiera entre hugonotes y católicos. Predica a todos, a los que vienen a escucharlo. Visita a todos, también a los que se muestran refractarios. No hay palabras duras. Juan Francisco sabe que con caridad se obtiene mucho m s.

Uno a uno va recorriendo los valles. Jaunac, Valamas, Lacham, todo el Velay. Atraviesa bosques y lugares junto a los volcanes apagados. Siempre a pie, con un hielo que penetra los huesos. El viento y la lluvia no lo dejan ir con mayor prisa.

 

Es inútil, no podemos seguir a Juan Francisco en todos los viajes. Todos los pueblos, hasta hoy día, guardan los recuerdos de sus pasos. "Él estuvo aquí. Bebió de esta agua. Aquí se defendió del temporal de nieve. En esta capilla dijo misa. En esta aldea se convirtieron todos. En esta casa enseñó el catecismo. Aquí dio tres misiones. En esta aldea acabó con las enemistades. Aquí visitó enfermos. Allí bendijo los sembrados".

 

Después de un alto para sus ocho días de ejercicios en el Colegio de Aubenas, reanuda sus correrías, esta vez en la región de Privas. La dureza de los hugonotes es muy fuerte. Pero R‚gis va sin miedo. Con caridad obtiene siempre los grandes triunfos.

 

En los tres primeros meses del año 1636 recorre todo el valle del Doux. Son quince y tal vez veinte las aldeas y poblados pequeños. El invierno es duro. La nieve llega a veces al techo de las casas. Los habitantes desconfían. En el siglo anterior, hasta el mismo obispo se ha pasado al calvinismo. Y sin embargo, R‚gis cosecha a manos llenas. Se habla de dos ciegos que recobran la vista.

 

 

Catequista en Le Puy

 

Para las fiestas de Pascua de Resurrección, en 1636, Juan Francisco llega a Le Puy a cuyo Colegio jesuita pertenece desde la admonición del Padre General. Pero las cosas han cambiado. Los éxitos de sus misiones en las diócesis vecinas son muy bien conocidos por el obispo.

 

De inmediato Monseñor Justo de Serres le encomienda la labor catequística de toda la diócesis. R‚gis comienza con gran entusiasmo su trabajo en la pequeña iglesia del Colegio jesuita. Pero muy pronto se ve obligado  a catequizar también en la gran iglesia del monasterio benedictino de San Pedro. Allí todo se hace pequeño para contener al auditorio de Régis: la espaciosa nave, el coro, las capillas laterales, también las gradas de acceso a cada una de las puertas. En una carta del P. Rector al P. General Mucio Vitelleschi, se da el número de cinco mil personas. Lo que impresiona es que el siervo de Dios habla de los misterios de la fe como si los estuviera viendo. Así atestiguan los oyentes.

 

 

La caridad asistencial y la justicia social

 

Al Catecismo y al ministerio de las confesiones, R‚gis agrega el de la caridad asistencial. Un documento oficial, firmado por quinientos notables ante el presidente de los magistrados declara: "Nuestras iglesias, nuestras prisiones y hospitales hablarían si nosotros calláramos. Las iglesias dirían que es enteramente un hombre de Dios. Nuestros hospitales, que es el padre de los pobres. Nuestras prisiones, por cierto  asegurarían que él lleva la misericordia a las casas de la justicia".

 

Régis organiza la caridad. Establece un catastro de damas que puedan ayudar y las distribuye por los barrios y las casas más pobres de la ciudad. Juan Francisco da el ejemplo. Mendiga de puerta en puerta para los pobres. Recibe todo: dinero, ropa, calzado, alimentos y muebles.

 

A la caridad agrega la justicia. Estima que los huérfanos, los artesanos y las viudas necesitan una mayor ayuda. Una de sus tareas importantes es pedir las audiencias necesarias a los magistrados para obtener remedio. Poncio Pinot, el procurador real por treinta años, lo asegura en los procesos. Son muchos los que obtienen un trabajo digno, especialmente muchachas, gracias a los empeños de Juan Francisco.

 

En los pleitos lo escogen como el mejor de los  árbitros. Reconcilia a enemigos implacables. Es difícil resistir ante la paz, la simpatía y el prestigio de este hombre.

 

En la hambruna de 1638 Juan Francisco multiplica sus esfuerzos. Es duro con los que acaparan el trigo. "Aprovechar una calamidad pública para enriquecerse a expensas de los miserables, es una villanía".

 

Parece que ha perdido el sentido del olfato. Puede permanecer horas enteras en las viviendas de los pobres, junto a los enfermos más repugnantes. Lava, cura heridas, da de comer, acaricia. Un enfermo llora: "Gracias, Ud. es mi padre". Régis contesta de inmediato: "No, hermano, en verdad soy yo quien agradece. Perdóneme por haber venido tan tarde en su ayuda".

 

No es de extrañar, pues, que los pobres acompañen siempre a Juan Francisco Régis. Si sale, ahí están junto a él, lo rodean, lo saludan, casi no lo dejan caminar.

 

Son emocionantes las visitas a los que está n por morir. Lo llaman de día y de noche. A nadie escatima su consuelo. M s de alguna vez obtiene sanaciones que para muchos son milagros verdaderos.

 

 

El buen pastor

 

Uno de sus ministerios favoritos lo constituye la preocupación por las mujeres descarriadas o en peligro de perderse. Para ellas establece una casa equipada con gran esmero.

 

No parece olvidarse de que este ministerio fue uno de los preferidos por san Ignacio en la ciudad de Roma. Y, a igual que él, Régis sufre mucho.

 

 

Entre bosques y montañas

 

Desde  octubre a abril se dedica al apostolado en las aldeas campesinas. Todos los años, unas veces al norte y otras al sur de Le Puy. Así lo quiere el obispo y Juan Francisco parece gozar con la obediencia. El método es siempre el mismo y los peligros, también iguales. Las fatigas, cada día mayores, pero siempre más consoladores los resultados. Duerme poco y come casi como en ayuno permanente.

 

¿Por qué en invierno? Sin duda porque los campesinos están en casa y no en los campos. El verano se presta para las diversiones, el invierno para la paz.

 

 

El proyecto estable

 

El Rector del Colegio de Le Puy se entusiasma con los éxitos de Juan Francisco. Los ecos de las misiones han llegado al obispo. Ha sonado la hora de establecer un plan definitivo para las misiones rurales y, por cierto, conforme al m‚todo de R‚gis. Juan Francisco deberá exponerlo al P. General.

 

El domingo de Ramos de 1640 Juan Francisco escribe al P. Vitelleschi: "Yo sé que Ud. tiene en su corazón la solicitud que expongo en esta carta. Le suplico destinarme a recorrer los campos, con uno de mis hermanos jesuitas, y dedicarme el resto de la vida a la salvación de mis compatriotas. No puedo, le aseguro, explicarle los excelentes frutos que producen estas misiones. Yo los he recogido, cada año, durante cinco o seis meses. El señor obispo de Le Puy me ha dado amplios poderes en letras patentes para todo el territorio de la diócesis. Los bienhechores suministrar n el dinero necesario, tal como lo han hecho conmigo. Mi superior tiene la cantidad de ciento cincuenta francos destinados para esta empresa. Además yo buscaría, para mí y mi compañero, lo que podría faltar. Así no seremos carga ni a los Colegios ni a los curas párrocos. Libres de procurar nuestro sustento, éstos nos recibirán con alegría. Ellos, muchas veces con insistencia, me piden para este ministerio. Sin embargo, el superior del Colegio me retiene en la ciudad. Aquí hay pan en abundancia, allá los campesinos mueren de hambre. Esta misión no va a ser como la del Canadá, pero prometo darme a ella con toda el alma".

 

El 8 de junio, el P. General aprueba. Bendice y promete ayudar. Al P. Provincial de Toulouse le encarga: "Que este proyecto tan santo sea puesto en ejecución con valentía, no sólo por el P. Régis, mientras tenga fuerzas, sino por muchos otros que lo continúen después de él".

 

 

Las últimas misiones

 

Apenas terminan las celebraciones jubilares, en el aniversario de la Bula del papa Paulo III que confirmó a la Compañía de Jesús, Juan Francisco se apresura a reanudar sus ministerios.

 

Primero va a Montfaucon, después a Raucoules y por último a Veyrines. Va con entusiasmo. Tal vez presiente que su carrera está  terminando. No escatima esfuerzos. Además del catecismo de los niños, predica tres veces al día y pasa el resto en el confesionario o visitando a los enfermos y a los pobres en sus humildes chozas.

 

En estas aldeas se ha declarado la peste. El párroco le prohibe atender a los contagiados. Conoce bien la caridad heroica del misionero y no desea exponer su vida. Juan Francisco ruega, pero no logra convencerlo. Solamente le es permitido bendecir, desde una altura, a los habitantes abandonados a tan triste suerte. Es curioso, la peste cesa a los pocos días en las aldeas.

 

 

Una preparación y un diálogo

 

Juan Francisco ha prometido inaugurar una misión en La Louvesc en la víspera de Navidad. La localidad está  cerca. Y sólo faltan diez días. ¿Por qué entonces regresa a Le Puy? Parece tener prisa por llegar a su comunidad.

 

Cuando llega al Colegio, dice a un jesuita amigo: "Padre, he interrumpido las misiones para disponerme a bien morir. Me he reservado tres días. Quiero hacer una confesión general, pues ser  la última. Le ruego ayudarme".

 

A solas se prepara. Se le deja en paz. Arregla sus cosas. Cancela unas pequeñas deudas. Está  listo.

 

¿Cuándo piensa volver a las misiones?, pregunta el sacerdote amigo.

 

Mañana, es la respuesta.

 

¿No se va a quedar Ud. para la renovación de Votos?

 

No, Padre, el Señor quiere que parta mañana.

 

¿Piensa regresar para la renovación?

 

No. Mi compañero, el Hermano Bideau, va a venir.

 

Pero, ¿hará volver al Hermano? Eso no parece bien. 

 

Claro. El Hermano Bideau va a regresar. Yo, no.

 

Se produce un gran silencio.

 

Régis, por tercera vez dice: No, Padre, yo no voy a regresar

 

 

A la misión de La Louvesc

 

El 21 de diciembre, acompañado por el Hermano Bideau, emprende el camino para la misión en La Louvesc, distante 80 Km desde Le Puy. Es pleno invierno y el viaje debe hacerse a pie. Dos días permanece en la región de Montregard y de Raucoules. Desea estar con sus amigos y visitar a los enfermos.

 

En la mañana del 23, que es domingo, viaja a La Louvesc. La nieve cae en abundancia.

 

Cuando llegan a Saint Bonnet el día está  terminando. El Hermano sugiere: "La prudencia aconseja no ir más lejos". Pero Juan Francisco contesta: "Nos esperan esta noche. Sigamos".

 

No hay camino. La nieve lo ha hecho desaparecer. Se pierden en el bosque inmenso. La marcha es agotadora. No encuentran el menor refugio. La ropa está cubierta por el hielo. Los pulmones de Juan Francisco están silbando.

 

Al día siguiente, agotados, llegan a La Louvesc. No toman descanso. Juan Francisco saluda y va a la iglesia a comenzar su misión. Predica tres veces, dice la misa, confiesa todo el día. El gentío no parece darse cuenta de que el misionero está  agotado.

 

El 25, en la fiesta de Navidad, celebra las tres Misas. Predica en todas ellas. La marea de las confesiones continúa todo el día sin descanso.

 

 

La muerte

 

El 26, fiesta de San Esteban, celebra por última vez la misa. No puede llegar al confesionario porque la multitud lo aprieta. Confiesa junto a una ventana rota, por donde se desliza el viento frío. Se siente mal. En la tarde, se desmaya. La fila de penitentes se horroriza.

 

 Se da aviso, de inmediato, a los jesuitas de Tournón, quienes acuden enseguida. También viene el Padre ecónomo del Colegio de Le Puy.

 

Pero el fin parece inevitable y cercano. En los momentos de calma, cuando el sufrimiento parece disminuir, Juan Francisco continúa oyendo los pecados de sus hijos. En el lecho, donde está  postrado, absuelve por lo menos a una veintena.

 

El 30 de diciembre renueva su confesión general con el P. Jacques Lascombe y recibe el Santo Viático. Con devoción, dice: "Ven, Señor Jesús. No tardes. Mi corazón está  preparado".

 

Casi a la medianoche del día 31 le dice a su amigo y compañero, el Hermano Bideau: "Hermano, estoy viendo a Nuestro Señor y a Nuestra Señora que me abren el paraíso". Y cuando dice las palabras de Jesús: "En tus manos encomiendo mi alma", muere con una sonrisa.

 

 

El santuario de La Louvesc

 

El 1 de enero de 1641, por todos los caminos nevados, llegan, uno tras otro, los grupos de campesinos. Todos corren. Nadie quiere estar ausente en la despedida solemne del hombre que ya han canonizado en sus corazones. El día 2 son las exequias. Veintidós sacerdotes están en el presbiterio. Nadie duda. Debe quedar el cuerpo en la pequeña iglesia de La Louvesc. Los campesinos serán sus mejores guardianes y sus más fieles amigos.

 

Ese día fue sepultado en La Louvesc, en la pequeña iglesia de su última misión. Los jesuitas de Le Puy no pudieron trasladar sus restos a la iglesia del Colegio. Lo dejaron en la soledad del bosque y de la nieve. Así lo deseó él y sus campesinos.

 

Desde el Santuario de hoy, San Juan Francisco Régis continúa dando paz a los innumerables peregrinos que acuden allí, día a día.

 

 

Una leyenda inventada

 

En 1710, un jansenista pretendió hacer creer que el P. Juan Francisco Régis había sido un sospechoso, en obediencia y doctrina. Aun más, dijo que el P. General Mucio Vitelleschi había dado la orden de despedirlo de la Compañía de Jesús. Sólo la muerte había sido capaz de liberarlo del merecido castigo.

 

La carta del P. General, escrita justamente tres meses antes de la muerte de Régis, es muy clara y el mejor mentís a la calumnia inventada. Cuando se refiere a Juan Francisco dice: "Respecto al P. Régis, conozco bien, desde hace largo tiempo, sus viajes misioneros tan llenos de fruto. La Compañía y yo mismo consideramos estas misiones con gran alegría. Felicito de una manera muy particular a su Colegio por haber sido la fragua de estos trabajos tan santos y tan necesarios para nuestros tiempos".

 

 

La glorificación

 

Las peticiones para venerarlo en los altares son, desde un comienzo, muy numerosas. Los campesinos insisten y están dispuestos a mover hasta sus inmensas montañas. En los anales de Francia no hay recuerdos de una causa tan popular y deseada.

 

Por fin los procesos se abren en las diócesis de Le Puy y de Vienne.

 

El papa Clemente XI lo beatifica en 1716, y el papa Clemente XII lo canoniza el 16 de junio de 1737.

 

 

 

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